Por Nacho Blaconá

Me acuerdo de Emilio como si fuera hoy. Me acuerdo. Cómo desprenderme de esas imágenes que me asaltan y me sorprenden en el momento menos indicado, si lo recuerdo con el olfato. Y el olfato es selectivo y minucioso. Memoriza puntillosamente hasta el más mínimo detalle. Y es entonces cuando me vienen las arcadas. Esa sensación desagradable de querer salirme del cuerpo. Más de una vez voy corriendo hasta el baño y me arrodillo ante el inodoro. Mi cuerpo se sacude en espasmos súbitos y escalofriantes. Pero sólo largo con suerte un pequeño gargajo de bilis. Es más que nada ese momento intenso de asco y transpiración. Ese olor a crisantemos, a grasa. Esa visión de él cortándose las uñas, esa pose de él en camiseta tomando mate. Ese gesto de arrogancia, de orgullo y ese sonido que hacía con los dientes y con la lengua. Evoco impiadosamente sus fobias, que en algún momento fueron parte de mis penurias cotidianas. Y en ocasiones, como parte de una demoníaca inclinación al sufrimiento, el recuerdo queda detenido en aquella oportunidad que me desnudó con vehemencia, impúdicamente. Me miraba con ojos de animal. Me miraba desnuda y respiraba ruidosamente, me recorría con sus ojos y me rozaba con la punta de sus dedos. Luego sus manos fuertes sujetándome, mi resistencia inútil. Generalmente en esos instantes se me nubla la vista y me viene la arcada más profunda y el pequeño chorro de bilis. Y es en ese momento, y no en otro, en que comprendo la crueldad de la vida. En ese, y en ninguno más, siento que este lugar no es más que una celda y sólo me quedan doce años de prisión.
Luego me acuesto en la cama y vuelvo al infierno, al cuchillo, a la caja de zapatos, a los gritos de mi bebé muriendo.

Para Romina Tejerina